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Podríamos decir que vamos puerta por puerta, pero al cabo antes de llamar a dos ya tomamos cay (té) en el jardín de una humilde casa de pueblo.
Nadie en sus cabales pone a dormir con sus niños a cualquiera sin preguntar quién eres. Por eso primero es el tiempo del encuentro, nadie ha dicho donde dormiremos, qué será del día, ahora es tiempo de beber té, de comer mano con mano cerezas y queso. Un lugar en su corazón, un espacio en su casa, precisa su tiempo sentados el uno junto al otro. Primero nos ofrecen el cuarto de las herramientas, en los aledaños de la casa, con un camastro en la pared, al poco la habitación de lavar, y con las últimas aceitunas nos brindan en el salón un hueco. Nosotros no esperamos mucho, sólo confiamos en que algo habrá, y si es queso y aceitunas y una conversación chapurreada entre signos con las manos, ya todo es bastante, olvidamos el cansancio, nos entramos en su vida. Finalmente nos dan lo que tienen, comemos lo que ellos comen y soñamos esa noche donde nos hacen el hueco, antes hicieron espacio en su corazon.
La familia Dursun, en el pequeño pueblo de Mesudiye nos acoge,
y como sabemos todos en pueblo pequeño todos son familia, cenamos con Alican y Binsel Dursun, pero vamos a tomar la tarde con té y aceitunas en el suelo del porche a casa de Ridvan.
Ya entrada la noche regresamos a casa de la familia Dursun que tambien recostados en el porche descansan el calor y el trabajo del día. Son agricultores, tienen algunas tierras donde cultivan trigo o sandías o tomates, lo que da la estación, y también riegan las de otros; hoy hay discusión porque bisoño el patrón se resiste a pagarle el trabajo al hijo mayor.
Y su madre prepara las empanadillas de la tarde...
Como tantos el padre emigro a Alemania, cuatro años, y con sus frutos, después de un tiempo en Eskisehir, capital de la región, se asentó, hace ya treinta años, en este pequeño pueblo cocido por el sol en verano, lavado por la nieve en invierno.
Es verano, tiempo de cerezas, y entre pueblo y pueblo, quemados por el sol y el viento, hay mañanas que nos detenemos en alguna casa del camino. Hopitalarios y curiosos, los campesinos nos ofrecen cerezas o picotas recién cogidas y té, siempre el té, que nosotros siempre pedimos agua.
Es grato detenerse, poner freno a las bicis y a la inercia de ir, detenerse, descender de la inercia ciega que embota los días con el corcho de la costumbre. Detenerse a charlar, a mirar, a respirar, eso que los banqueros y los dueños del tablero llaman “perder el tiempo”. Pararse y no producir nada, pero sólo conciencia. A los pueblos que valoran la vida no les cuesta pararse, los turcos se detienen y charlan tomando té a la sombra de una invitación, en la teterías, en los colmados, en las mercerías, los buenos comercios contienen un aparte dispuesto para tomar el té y charlar con sus clientes, cinco veces al día los turcos se detienen a orar, al menos cinco al día a charlar …

El otro día, como tantos días desde nuestros días por España, corremos con las bicis hasta alcanzar un tractor y a su rebufo escapamos del viento unos kilómetros pero es verano, ya lo digo, tiempo de cerezas, y todavía con dos puñados de cerezas en las alforjas de la última parada, se despiden lanzando en una bolsa un kilo cerezas. Se las dan a Pilar, la hablan a Pilar porque es mujer, porque son mujeres las que sentadas en el remolque del tractor nos sonríen, no me vaya a pensar.
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